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Los caminos de la sangre: limitaciones, sobresaltos, desafíos, fortalezas y satisfacciones...

 

En el año en que el Instituto de Hematología e Inmunología celebra seis décadas de fundado, sus pasillos y laboratorios siguen latiendo al ritmo de la entrega de sus profesionales. Uno de esos rostros que sostienen la institución es el de Yisenia Romero Díaz, licenciada en Bioquímica y trabajadora del laboratorio de Inmunohematología, quien desde hace 10 años —prácticamente desde que se graduó— ha hecho de ella su segundo hogar.

Un instituto que es "una casa que salva vidas"

 

 

Para Yisenia, definir el Instituto no es tarea difícil. En sus palabras, se ha convertido en "el rector de la hematología en el país", pero también en un espacio mucho más íntimo: "Es la casa donde todos esperamos trabajar para resolver el problema y salvar vidas, directa o indirectamente".

Aunque su trabajo diario no implica ver pacientes cara a cara —procesan muestras y emiten resultados para orientar diagnósticos—, Yisenia asegura que el vínculo es profundo. "El Instituto se ha convertido en la casa porque, finalmente, pasamos más tiempo aquí que en nuestra propia casa. Llega el punto en que es tu lugar de comodidad, de donde te sientes realizado profesionalmente y sabes que lo que estás haciendo está ayudando a alguien".

Tecnología de los años 50 y creatividad para sobrevivir

El testimonio de Yisenia también retrata las complejidades del quehacer científico en Cuba. A pesar de ser un laboratorio de referencia nacional, gran parte de su trabajo sigue siendo manual, con tecnologías que ella califica como "del año 50": tubos de cristal, lectura visual con los ojos y ausencia de equipos automatizados. Leer los resultados en pares, de a dos o tres colegas, es su método para contrarrestar la subjetividad humana.

Sobre los recursos, es honesta: "Siempre hemos enfrentado carencias de reactivos porque son muy caros". Frente a ello, han desarrollado una estrategia de "estirar" los insumos. "Si el protocolo dice dos gotas, tratamos de ver si con una podemos resolver, pero siempre buscamos avales que demuestren que lo que hacemos está correcto. Aquí no se juega, aquí se trabaja con precisión".

Recuerda con especial crudeza el bienio 2019-2020, cuando la escasez de reactivos se agravó con el inicio de la pandemia de COVID-19. Sin embargo, el trabajo no se detuvo. "El trabajo es lo único que no se puede detener. Si no tenemos reactivos, buscamos alternativas; si falta el anticuerpo, buscamos al paciente que lo tiene y trabajamos con él", explica.

El peso de la crisis energética y la falta de donaciones

En el presente, Yisenia confiesa que el mayor desafío ha pasado a ser el tema energético. Los cortes eléctricos y la interrupción de la cadena de frío han afectado el descanso y, en ocasiones, han dejado procesos a medio hacer. Aun así, la respuesta es la misma: no dejar de venir. "El paciente o la persona que necesita la transfusión no tiene culpa de tu mala noche, porque quizás él también la tuvo", reflexiona.

Además, alerta sobre la crítica situación de las donaciones de sangre en el país: "No hay cómo abastecer energéticamente el banco de sangre y la producción". Como encargados de fenotipar la sangre para buscar fenotipos específicos, son testigos directos de la angustia cuando un paciente —muchas veces un niño o una embarazada— no encuentra la sangre compatible.

Cuando el caso se vuelve propio

A pesar del distanciamiento físico del paciente, Yisenia reconoce que el involucramiento emocional es inevitable. "Aunque parezca que no, nosotros nos hacemos los casos nuestros", confiesa. Habla de historias que duelen: cuando un neonato con un fenotipo raro no logra ser transfundido y fallece, o cuando una gestante pone en vilo a todo el equipo. "Hemos convocado a familiares, primos, hermanos, para que donen. Y te vas a la casa pensando en que no le encontré tal sangre a fulano".

Esta sensibilidad también se extiende a su vida personal. Su esposo es médico hematólogo, y confiesa que al llegar a casa, en lugar de hablar de asuntos personales y familiares, muchas veces repasan los casos del día. Ese mismo entorno lo respira su hijo de casi 4 años, un niño sano y feliz que ya imita a sus padres jugando a tomar la presión y a hacer análisis.

El salario no suplanta la vocación

Consultada sobre las duras realidades económicas que enfrenta un profesional en Cuba, Yisenia no elude el tema. Sabe que su salario está lejos de cubrir las necesidades básicas y que, con un niño pequeño, el dinero apremia.

Sin embargo, su respuesta es contundente y define su permanencia en la institución: "Cinco años de esfuerzo en la universidad no pueden suplantarse con un salario. La universidad se vive, pero también se sufre. Y uno se enamora de lo que hace y le cuesta desligarse de esto".

Nunca ha considerado irse. Su opción siempre ha sido reclamar lo que falta, pero no renunciar. "Esa no ha sido la opción", afirma con seguridad.

Legado de 60 años

Al cumplir 60 años, el Instituto de Hematología e Inmunología no solo celebra su historia como centro rector y formador de médicos y especialistas de laboratorio. Lo celebra, como dice Yisenia, porque se ha convertido en un espacio que "contribuye a que cada vez nos convirtamos en personas más humanas y nos enfoquemos en trabajar mejor".

  Su anhelo para el futuro es poder ampliar los estudios hacia otras regiones del país, lograr réplicas del laboratorio en otras provincias para que el diagnóstico no se limite a La Habana. Y, por supuesto, "tener todos los reactivos y equipamiento para no venir con el corazón en la boca pensando en si va a alcanzar".

Mientras ese día llega, Yisenia y sus colegas seguirán madrugando, leyendo tubos de cristal y dándolo todo, porque para ellos, este Instituto, en sus 60 años, sigue siendo la casa que se empeña en salvar vidas.

Foto: Naturaleza Secreta/ Texto: Armando Rodríguez Batista( Ministro del Citma)

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